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Santita Catalina de Siena

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Patrona:

De los enfermeros, contra el fuego, enfermedades corporales, abortos naturales y tentaciones.

Historia:

Nacida en Siena, Italia, en 1347, Catalina escuchó el llamado de Dios desde su infancia, aprovechando el silencio y la soledad de su casa para rezar y, en secreto, flagelar sus hombros con una cuerda, por amor a Dios.

Aún con siete años, Catalina suplicó a la Virgen María que la conservara casta, a fin de convertirse en esposa de Jesús.

Para huir de sus padres, que querían verla casada, Catalina se cortó su larga cabellera, sin decirles una palabra. Y para castigarla, su madre le impidió tener una habitación propia, y la puso a vivir con su hermano Stefano. Pero ni eso la podía apartar de su fe. Durante el día, mientras Stefano se ocupaba, Catalina tenía la habitación solo para ella, y por la noche Stefano dormía como una piedra, sin percibir las largas vigilias que su hermana pasaba en oración.

Visitada en sueño por San Domingo de Guzmán, Catalina tomó la firme resolución de convertirse en “mantelata” – como se llamaba a las laicas de la orden dominicana. Cuando comunicó su decisión a sus familiares, las reacciones fueron las más negativas posibles. Su padre, sin embargo, calmó a todos con su madurez: “Déjenla completamente libre para servir a su Esposo y rezar asiduamente por nosotros. Jamás habríamos sido capaces de proporcionarle una alianza tan gloriosa. No nos lamentemos, pues, si, en lugar de tomar por esposo a un hombre mortal, se entrega al Dios hecho hombre, que es eterno”.

Volviendo a tener una habitación solo para ella, Catalina se entregó con asiduidad a la vida de penitencia, uniendo a sus severas mortificaciones corporales y a sus rigurosos ayunos un amor filial a Jesús.

Admitida, entonces, en la Orden Tercera de Santo Domingo, no tardó mucho para que su vida de virtudes atrajera a las personas a su alrededor. En torno a ella se constituyó una verdadera familia espiritual. Se trataba de personas fascinadas por la respetabilidad moral de esta joven mujer de elevadísimo nivel de vida, y a veces impresionadas también por los fenómenos místicos a los que asistían, como los frecuentes éxtasis. Muchos se pusieron a su servicio y sobre todo consideraron un privilegio ser orientados espiritualmente por Catalina. Todos cariñosamente llamaban a Catalina “dolcissima mamma”, pues se consideraban sus hijos espirituales.

Junto a una sólida vida interior, Santa Catalina de Siena desempeñó un papel fundamental en la historia de la Iglesia, al pedir al Papa Gregorio XI el fin del terrible gran cisma de Occidente.

Con sus enseñanzas, Catalina no solo pedía el retorno del clero a la pureza de las costumbres, sino también el respeto debido a los sacerdotes por el carácter que recibieron en el sacramento del Orden. Cuando se busca a los sacerdotes para recibir los sacramentos o cuando se besan sus manos ungidas, no se hace por ellos mismos, sino por el poder que Dios les dio de traer a la humanidad la Eucaristía y la remisión de los pecados.

Frágil, simple, además de toda la sabiduría de Dios, llevaba en su frágil cuerpo los estigmas, es decir, las llagas de la Pasión de Jesucristo.

Al final de su vida, la santa de Siena se configuró enteramente con Nuestro Señor, siendo coronada con los santos estigmas. Ella, que era capaz de no tomar, durante cincuenta y cinco días, otro alimento que no fuera una hostia, se convirtió en un milagro viviente de Dios. Por eso, ya en 1461, menos de un siglo después de su nacimiento al Cielo, fue canonizada por el Papa Pío II.

Oración:

Oh notable maravilla de la Iglesia, sierva virgen, que por causa de tus extraordinarias virtudes y por lo que conseguiste para la Iglesia y la Sociedad fuiste aclamada y bendecida por todos.

Vuelve tu bondadosa mirada hacia mí, que confiando en tu poderosa protección, pide con todo el ardor del afecto y suplica a ti que obtengas por tus preces el favor que ardientemente deseo.

Con tu inmensa caridad recibiste de Dios los más asombrosos milagros y te convertiste en la alegría y esperanza de todos nosotros que oramos a ti y rogamos a tu corazón que recibiste del Divino Redentor.

Sierva y virgen, demuestra de nuevo tu poder y de tu caridad y tu nombre será nuevamente exaltado y bendecido y obtén para nosotros, la gracia suplicada con la eficacia de tu intercesión junto a Jesús y aún la gracia especial de que un día estemos juntos en el Paraíso en eterna alegría y felicidad.

Amén

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