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Santito Agustín

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Patrón:

De las personas con enfermedades en los ojos, oídos y de los editores.

Historia:

Aurelio Agustín nació en Tagaste, en el norte de África, el 13 de noviembre de 354. Su padre, Patricio, era un africano romanizado, pagano. Su madre, Mónica (Santa Mónica), era una mujer cristiana que educó a sus hijos según los preceptos religiosos de su época.

Agustín tenía una gran capacidad intelectual y estudió en Madaura, y más tarde en Cartago, capital de África Romana. Allí, se vio seducido por los teatros y la vida bohemia. Se enamoró y vivió con una mujer con la que tuvo un hijo, Adeodato.

A los 20 años, se unió a una secta llamada Maniqueísmo, fascinado por su actitud racionalista, que consistía en un dualismo radical que oponía el Bien y el Mal. Siguió la doctrina del Maniqueísmo durante nueve años.

Con la muerte de su padre, Agustín se profundizó en los estudios, especialmente en el arte de la retórica. Así, después de pasar por Roma, se convirtió en profesor en Milán, donde, influenciado por la intercesión de Santa Mónica, terminó asistiendo, debido a la oratoria, a los profundos y famosos sermones de San Ambrosio. Hasta que, a través de la Palabra anunciada, la Verdad comenzó a cambiar su vida.

Su proceso de conversión recibió un “empujón” cuando, en la lucha contra los deseos de la carne, aceptó la invitación: “Toma y lee”, y así encontró en la Palabra de Dios, la fuerza para decidirse por Jesús: “… revestíos del Señor Jesucristo … no os entreguéis a las preocupaciones de la carne para satisfacer sus concupiscencias”.

San Agustín murió a los 76 años, se convirtió a los 33 años, cuando fue catequizado y bautizado por San Ambrosio. Después de perder a su madre, regresó a África, donde fundó una comunidad cristiana dedicada a la oración, el estudio de la Palabra y la caridad, hasta ser ordenado sacerdote y obispo de Hipona, santo, sabio, apologista y fecundo filósofo y teólogo de la Gracia y de la Verdad.

Oración:

Oh excelso doctor de la gracia, San Agustín.

Tú que contaste las maravillas del amor misericordioso operado en tu alma, ayúdanos a confiar siempre y únicamente en la ayuda divina.

Ayúdanos, oh gran San Agustín, a encontrar a Dios “eterna verdad. Verdadera caridad, deseada eternidad”.

Enséñanos a creer y vivir en la gracia, superando nuestros errores y angustias. Acompáñanos a la vida eterna, para amar y alabar incesantemente al Señor.

Amén

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