Patrono:
De Perú, de América Latina y de Filipinas, y protectora de las floristas, enfermeras, artesanos y contra las enfermedades de mosquitos como el dengue y zika.
Historia:
Santa Rosa de Lima nació en la ciudad de Lima, capital de Perú, el 30 de abril de 1586. Hija de Gaspar Flores y Maria de Oliva, fue la tercera hija de trece hermanos.
El 25 de mayo del mismo año, sus padres la bautizaron en la Iglesia San Sebastián con el nombre de Isabel, en homenaje a su abuela materna, Isabel Herrera, pero cuando cumplió tres meses de edad, una criada india, acunándola en la cuna, vio su rostro tan hermoso que llamó a la madre y comentó: ”mientras viviera jamás escucharía de su boca otro nombre sino el de Rosa”.
Y así viene el nombre Rosa, por el cual sería conocida.
Desde pequeña, tenía gran inclinación a la oración y a la meditación. A los cinco años aprendió a leer sola, y a los 11 años, fue confirmada.
La joven sintió que debería hacer algo por los que sufren, y decidió hacer lo que podía y sabía hacer: sufrir y rezar. A partir de entonces, su vida fue de sacrificio, ayuno y oración.
Siempre enfrentó la feroz oposición de su madre, que no se cansaba de reprenderla y humillarla, e inició la visita a los enfermos en los hospitales.
Hasta que decidió ingresar en un convento de la orden Agustiniana, fue, entonces, a rezar para despedirse de Nuestra Señora del Santísimo Rosario y, estando delante de la imagen de la Virgen Santísima, sintió que no podía levantarse ni siquiera con la ayuda de su hermano. Fue entonces cuando percibió que todo aquello era un aviso de los cielos para no ir, y bastó hacer una oración a Nuestra Señora para que la parálisis desapareciera por completo.
A partir de este día, Rosa, comenzó a pedir diariamente a Dios para que le mostrara en qué orden religiosa debería ingresar, hasta que entró en la Congregación de la Orden Tercera de San Domingo. Y a los veinte años, pidió y obtuvo licencia de emitir los votos religiosos en casa, y no en el convento, como terciaria dominicana.
Construyó para sí una pequeña celda en el fondo del patio de la casa de sus padres donde se refugiaba y se alejaba de todo para rezar, y comenzó a llevar una vida de austeridad, de mortificación y de abandono a la voluntad de Dios. A través de rigurosas penitencias, Rosa eliminó de su vida todo orgullo, amor propio y vanidad.
Cuando su padre perdió toda la fortuna, Rosa no se perturbó al tener que trabajar de doméstica.
Viviendo fuera del convento, renunció a innumerables propuestas de matrimonio y de vida fácil, y alcanzando un alto grado de vida contemplativa y de experiencia mística, sus oraciones y penitencias lograron convertir a muchos pecadores.
Su amor por el Señor era tanto que cuando hablaba de Él, cambiaba el tono de su voz y su rostro se encendía como un reflejo del sentimiento que embargaba su alma.
Tiempo después, una comisión de médicos y sacerdotes examinó a la Santa y concluyeron que sus experiencias eran realmente sobrenaturales. El modo de vida y las prácticas ascéticas de Santa Rosa de Lima solo convienen a las almas llamadas a una vocación muy particular. Lo más admirable en Santa Rosa fue su gran espíritu de santidad heroica.
Rosa murió el 24 de agosto de 1617, a los 31 años de edad repitiendo la frase ”Jesús esté conmigo, Jesús esté conmigo”. Muchos milagros ocurrieron después de su muerte y multitudes acompañaron su entierro y la devoción perdura hasta nuestros días.
Oración:
Oh Santa Rosa, primera flor de santidad del nuevo mundo, te alabo y bendigo de todo corazón con santa alegría. ¡Cuándo edificaste la Santa Iglesia de Dios por tu pureza Angélica, por tu admirable paciencia y por el amor a Jesús en el Santísimo Sacramento! Alcanza con tu piadosa intercesión la gracia de guardar la virtud de la santa pureza del corazón, de sufrir todo por amor a Jesucristo y a María, con paciencia y resignación de recibir siempre, con sincera devoción y amor, el sagrado cuerpo y la preciosa sangre de Jesús en la Santa Comunión. Ruega por mí, mi protectora, para que Jesús siempre esté conmigo en la vida y en la muerte y por toda la eternidad.
Amén
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