Patrono:
De los cistercienses, de los templarios y de los apicultores.
Historia:
Bernardo nació en el año 1090 en el Castillo de Fontaine, región de Borgoña, en Francia. Su familia era cristiana, rica, poderosa y noble. Desde muy joven demostró una inteligencia aguda. Tímido, se convirtió en un joven de buena apariencia, educado, culto, piadoso y de carácter recto y piadoso.
Cuando su madre murió, manifestó el deseo de ser religioso, pero encontró la resistencia de su padre. Sin embargo, con determinación, logró convencer a su padre, hermanos y amigos, que ingresaron con él en el monasterio de la Orden de Císter, recién fundada.
La contribución de Bernardo dentro de la orden fue de tal magnitud que se le considera su segundo fundador. Fue un período de abundante florecimiento de la orden, que llegó a contar con 165 monasterios. Bernardo solo fundó 68 y, en sus manos, más de 600 religiosos profesaron los votos.
Bernardo vivió una época muy turbulenta en la Iglesia. Fue predicador, místico, escritor, fundador de monasterios, abad, consejero de Papas, reyes, obispos y también polemista político y tenaz pacificador. Nada conseguía abatir o afectar su fe, imprimiendo su marca en la historia de la espiritualidad católica romana.
Se convirtió en el mayor escritor de su tiempo, a pesar de su salud siempre estar comprometida. Esto porque Bernardo era un religioso de vida muy austera, dormía poco, ayunaba con frecuencia y se imponía severa penitencia.
Su devoción para con la Virgen María era incomparable. Cuando estaba en Alemania, en la catedral de Spira, se arrodilló tres veces diciendo: ¡Oh Clemente! ¡Oh Piadosa! ¡Oh Dulce Virgen María!, invocaciones que fueron añadidas al final de la oración Salve Reina.
Murió el 20 de agosto de 1153 y fue sepultado en el monasterio de Claraval. Es llamado doctor de la Iglesia.
Oración:
Acordaos, Oh! purísima Virgen María, que nunca se ha oído decir que alguno de aquellos que han recurrido a vuestra protección, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido por vos desamparado.
Animado yo, pues, con igual confianza, a vos, Virgen entre todas singular, como Madre recurro, de vos me valgo y gimiendo bajo el peso de mis pecados me postro a vuestros pies.
No despreciéis mis súplicas, oh Madre del Hijo de Dios humanado, sino dignaos a escucharlas propicia y alcanzadme lo que os pido.
Amén
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